
La polarización es un error de diseño
Por Miryam E. Camacho Suárez
En 2019, la organización More in Common publicó un estudio titulado The Perception Gap que debería ser de lectura obligatoria para entender por qué sentimos que todo está cada vez más dividido.
Al preguntar a ciudadanos sobre las posturas del “bando contrario”, los resultados fueron absurdos, los participantes creían que cerca del 80% de sus oponentes sostenía visiones extremistas, cuando en la realidad, datos en mano, ese número rondaba el 30%.
No estamos viviendo en países distintos, estamos viendo espejismos distintos.
El problema no es una crisis de opinión, es una crisis de entorno.
Para entender por qué tu muro parece un campo de batalla, hay que mirar los números del diseño conductual.
Un estudio de la Universidad de Nueva York, que analizó más de 500,000 publicaciones, encontró algo muy concreto, por cada palabra asociada a indignación moral o emocional, la probabilidad de que un mensaje sea compartido aumenta de forma significativa, en torno a un 20%.
Ahora imagina esto: una fila de diez personas. Si la primera habla con calma, nadie se mueve, si la última grita un insulto, el sistema la empuja al frente para que todos la escuchen.
Eso no es democracia, es amplificación selectiva.
Este fenómeno se conoce como “alta activación”. Investigaciones del MIT han mostrado que emociones como el miedo o el asco se difunden mucho más rápido que la información neutral o matizada.
No necesariamente porque sean falsas, sino porque activan algo más básico, atención inmediata, a través de la segregación de dopamina y cortisol.
El entorno digital no está diseñado para informarte, está diseñado para que no sueltes el teléfono, y el conflicto es el pegamento más barato que existe.
No es que los mexicanos, o los latinoamericanos en general, se hayan vuelto más intolerantes de pronto.
Lo que cambió fue la visibilidad.
Diversos estudios coinciden en un patrón, una minoría muy activa genera la mayor parte del contenido político o conflictivo, mientras tanto, la mayoría observa en silencio.
El problema es que el cerebro no distingue bien entre volumen y representatividad.
Cuando lo único que ves es ruido, empiezas a pensar que el ruido es la regla.
Así se construye una mayoría aparente.
No es que todos estén radicalizados, es que lo radical es lo que más se ve.
En un país como México, donde la confianza en el otro ya es baja, este diseño es especialmente problemático.
Si constantemente percibes que el “otro” es extremo, irracional o incluso peligroso, dejas de buscar acuerdos, empiezas a buscar culpables.
A eso se suma otro factor, no sabemos por qué vemos lo que vemos.
Las plataformas deciden qué aparece en tu pantalla, pero no explican cómo ni por qué, esa opacidad no solo afecta la experiencia individual, también erosiona la confianza en el espacio donde ocurre la conversación pública.
Cuando el criterio es invisible, el resultado se vuelve sospechoso.
La explicación más común dice que estamos más divididos porque pensamos más distinto.
Pero los datos apuntan a otra cosa.
No es solo lo que pensamos, es el entorno donde lo vemos.
Las plataformas funcionan con un modelo simple, mantenerte el mayor tiempo posible, y para eso, lo que mejor funciona no es la información equilibrada, sino la reacción emocional.
No es una conspiración, es un incentivo.
Y en ese incentivo, la indignación no es un accidente, es una herramienta.
La próxima vez que sientas que el país está irremediablemente roto, conviene hacer una pausa.
Lo más probable es que no estés viendo a la sociedad en su conjunto, sino a la parte más ruidosa de ella, amplificada por un sistema que premia el conflicto.
La polarización no es necesariamente el estado natural de la sociedad.
Pero sí es, cada vez más, el producto más eficiente de un entorno diseñado para mantenernos enganchados.
Y eso abre una pregunta incómoda.
¿Qué tipo de conversación pública puede sostenerse en un sistema que gana más cuando nos enfrentamos que cuando nos entendemos?

Miryam Elizabeth Camacho Suárez
Comunicadora y abogada con formación en Ciencias Políticas. Combina la precisión del derecho con la sensibilidad narrativa para explorar temas de integridad, transparencia y cultura digital. A lo largo de su trayectoria ha trabajado en el fortalecimiento de la confianza pública y en la reflexión sobre cómo se comunican las instituciones y cómo se preserva la memoria en tiempos de sobreinformación. Actualmente desarrolla proyectos editoriales que entrelazan comunicación, ética y tecnología.




