El tiempo corre, la discusión no… y la equidad ya no opera igual

Mtra. Miryam E. Camacho Suárez

La discusión sobre la reforma electoral en México sigue abierta y, aunque ha transitado por distintas etapas, desde planteamientos generales hasta intentos más concretos que no terminaron de consolidarse, lo cierto es que el proceso no ha logrado traducirse en una deliberación de fondo, mientras el calendario avanza con una lógica que no admite pausas ni indefiniciones. En un sistema donde las reglas tienen fecha límite, el tiempo deja de ser un elemento neutral y comienza a operar como un factor político en sí mismo, porque reduce el margen para discutir, ajustar e incorporar temas que, aunque ya están transformando la competencia, aún no han sido plenamente integrados en la conversación.

Existe además un elemento que suele subestimarse: las reglas electorales en México no pueden modificarse en cualquier momento, ya que la Constitución establece que cualquier reforma debe aprobarse al menos noventa días antes del inicio del proceso electoral, el cual comienza en septiembre del año previo a la elección. Esto implica que no solo hay una ventana limitada para aprobar cambios, sino también para discutirlos con la profundidad que requieren, y ahí es donde comienza a hacerse visible una tensión importante, porque mientras el sistema exige definiciones claras, el proceso político avanza de forma fragmentada, con propuestas que se ajustan, se reinterpretan o se reconfiguran sin alcanzar un punto de cierre sólido.

Sin embargo, el problema de fondo no radica únicamente en la falta de acuerdos o en la velocidad de la discusión, sino en el hecho de que buena parte del debate sigue concentrado en el diseño y la intencion de las propuestas de reforma al sistema electoral tradicional, mientras una dimensión cada vez más relevante de la competencia se está configurando en un espacio que opera bajo reglas distintas. Durante años, la equidad electoral se construyó sobre un principio relativamente claro: la visibilidad debía distribuirse mediante criterios previamente definidos, particularmente en radio y televisión, donde los tiempos oficiales se asignaban con base en el desempeño electoral previo de cada partido, lo que permitía organizar la exposición dentro de un marco regulado en el que, aunque existían diferencias, estas respondían a reglas conocidas y verificables.

Ese modelo partía de una premisa fundamental: que la exposición podía organizarse porque el terreno donde ocurría la competencia era visible y relativamente homogéneo. No obstante, esa condición ha dejado de sostenerse en el entorno digital, donde la visibilidad ya no depende exclusivamente de la asignación institucional, sino de la capacidad de cada actor para construir y sostener su presencia. Esta transformación no es meramente teórica, sino que puede observarse con claridad en los propios datos de inversión en publicidad política digital, particularmente en los registros públicos disponibles en herramientas como la Meta Ad Library, que permiten identificar patrones de gasto y comportamiento durante los procesos electorales.

Al revisar estos datos en el contexto del proceso electoral federal más reciente, aparece una señal que resulta difícil de ignorar: los niveles de inversión en publicidad digital no guardan una relación directa con el peso electoral de los partidos en el sistema tradicional. Un caso ilustrativo es el del Partido Verde Ecologista de México, que, a pesar de contar con una menor proporción de tiempo en medios tradicionales en comparación con fuerzas políticas de mayor tamaño, se posicionó como uno de los actores con mayor inversión en publicidad digital, lo que le permitió alcanzar una presencia significativamente más intensa en el entorno en línea.

Este fenómeno introduce una ruptura relevante en la forma en que se entendía la equidad electoral, porque mientras el sistema continúa distribuyendo visibilidad bajo criterios regulados, el entorno digital permite reconstruir esa visibilidad desde fuera de ese esquema sin necesidad de contravenir las reglas existentes. No se trata, en sentido estricto, de una ilegalidad evidente, sino de una asimetría estructural que modifica las condiciones de competencia, ya que un actor puede tener una menor exposición en los canales tradicionales regulados y, aun así, ocupar una posición dominante en la conversación digital a partir de decisiones estratégicas de inversión y amplificación.

En este contexto, la equidad deja de ser una condición garantizada por el diseño institucional y comienza a depender de factores que el propio sistema no distribuye, como la capacidad de financiar campañas digitales de alta intensidad, de sostener la repetición de mensajes en el tiempo y de posicionarse de manera constante en los espacios donde hoy se construye la conversación pública. El problema, por tanto, no es únicamente cuánto se invierte, sino el efecto que esa inversión produce, ya que la publicidad digital no solo amplía el alcance de un mensaje, sino que incrementa su frecuencia y permanencia, generando un impacto acumulativo que influye en la percepción de los usuarios sin necesariamente presentarse como una campaña visible en los términos tradicionales.

Frente a este escenario, el enfoque institucional ha mantenido una lógica consistente: vigilar el origen y el uso de los recursos, es decir, identificar quién paga, cuánto paga y si esos recursos han sido debidamente reportados. Sin embargo, esa lógica resulta insuficiente para capturar la complejidad del entorno digital, donde el efecto relevante no radica únicamente en el gasto, sino en la capacidad de ese gasto para traducirse en visibilidad sostenida. En otras palabras, el sistema observa el flujo de recursos, pero no necesariamente logra dimensionar cómo esos recursos reconfiguran la distribución efectiva de la atención pública.

Lo que comienza a perfilarse, entonces, es la coexistencia de dos lógicas de competencia que no operan bajo los mismos principios: por un lado, un sistema electoral que organiza la equidad a partir de reglas explícitas de distribución y, por otro, un entorno digital en el que la visibilidad se construye mediante estrategias de inversión, segmentación y amplificación que no responden a un esquema equivalente de regulación. Esta dualidad no implica que uno de los modelos deba sustituir al otro, pero sí evidencia que la equidad ya no puede entenderse exclusivamente desde el marco institucional tradicional.

En este sentido, la discusión sobre la reforma electoral parece mantenerse anclada en la necesidad de ajustar las reglas del sistema, mientras una parte sustantiva de la competencia se redefine en un espacio que esas reglas no alcanzan a cubrir completamente. Esto plantea una pregunta que comienza a adquirir cada vez mayor relevancia: si la visibilidad política ya no depende únicamente de los mecanismos de distribución institucional, sino también de la capacidad de inversión y de posicionamiento en entornos digitales, ¿hasta qué punto las reglas actuales siguen siendo suficientes para garantizar condiciones de competencia equitativas?

El problema, entonces, no es solo de actualización normativa, sino de enfoque. Durante años, la discusión electoral se ha construido bajo la idea de que la equidad puede asegurarse distribuyendo acceso a los medios; sin embargo, en un entorno donde la visibilidad se construye activamente, ese supuesto comienza a quedarse corto. No se trata únicamente de agregar nuevas regulaciones, sino de replantear desde qué lógica se está entendiendo la competencia política.

Pero incluso esa discusión puede quedarse corta si no se logra observar con mayor precisión cómo están operando hoy esas dinámicas en la práctica, porque más allá de los principios, lo que termina definiendo la competencia no es solo qué reglas existen, sino cómo se despliega realmente la presencia en el espacio digital.

Ahí es donde la conversación deja de ser abstracta y se vuelve visible, no en el diseño del sistema, sino en la forma concreta en que circulan los mensajes, se repiten, se posicionan y se amplifican en la experiencia cotidiana de quienes participan en ese entorno.

Y es justamente en ese punto donde conviene detenerse un momento, no para discutir qué debería ocurrir, sino para mirar con detalle qué está ocurriendo ya.

Miryam Elizabeth Camacho Suárez
Comunicadora y abogada con formación en Ciencias Políticas. Combina la precisión del derecho con la sensibilidad narrativa para explorar temas de integridad, transparencia y cultura digital. A lo largo de su trayectoria ha trabajado en el fortalecimiento de la confianza pública y en la reflexión sobre cómo se comunican las instituciones y cómo se preserva la memoria en tiempos de sobreinformación. Actualmente desarrolla proyectos editoriales que entrelazan comunicación, ética y tecnología.