Viviendas con Jefa de Familia. El análisis del Dr. Salvador García Espinosa #Columna

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El Derecho a la Ciudad

VIVIENDAS CON JEFA DE FAMILIA

Salvador García Espinosa

Cualquier referencia que se haga a la vivienda se encuentra estrechamente vinculado a la mujer, tal vez porque culturalmente asociamos el hogar con la figura materna. Pero son innegables los cambios acontecidos en las últimas cuatro décadas sobre las políticas de vivienda, al pasar de una estructura gubernamental que edificaba viviendas, a una que solo otorga créditos. Se dejó la tarea de la construcción de casas al libre mercado en función de las leyes de oferta y demanda. Sin embargo, dichos cambios parecen ignorar la relación de las mujeres con el acceso a la vivienda, pues no resulta ser tan evidente y mucho menos les es tan accesible como muchas veces se supone.

En México, como en muchos otros países, han ocurrido cambios demográficos, sociales y culturales, que han tenido como consecuencia la necesidad de visibilizar aquellos hogares a cargo de mujeres, a quien se les denomina “jefas de familia”, y que refiere a los casos en los que ellas son el principal sostén de su familia.

En México, desde 1990 a la fecha la presencia de la mujer como jefa del hogar se ha incrementado en poco más un millón de hogares por cada decenio, llegando en 2010 a 6.9 millones de hogares que representaban el 25%,en 2015aumentó a 29%, lo que representa 2.3 millones más de estos hogares en tan sólo 5 años. La información censal indica que para el 2020, en México, 33 de cada 100 hogares están bajo la dirección y responsabilidad de una mujer, y representan casi 11.5 millones de hogares. 

Podría pensarse que lo anterior es consecuencia de una mayor integración de la mujer al mercado laboral; pero no es así. Si bien, la cantidad de trabajadoras en el mercado laboral cada año es mayor, la proporción de mujeres es significativamente menor que la de los hombres, y al 2022 que representan tan sólo 40%.

Otro aspecto que ilustra la desigualdad de acceso a la vivienda es que tan solo 35% de las casas escrituradas en México se encuentran a nombre de mujeres, y para el 2020, el Infonavit reportó que del total de créditos otorgados sólo el 34% fueron para mujeres, además de que el monto promedio del crédito para mujeres fue 4.9% con relación al monto promedio otorgado a los hombres. La subcuenta de vivienda, en el caso de mujeres, es 16.5% menor que el de hombres, al momento de adquirir una vivienda.

Más allá de las estadísticas, la conformación de los hogares con jefatura femenina y masculina se originan bajo dos situaciones radicalmente diferentes. En el caso de jefes de familia se encuentra estrechamente ligada a la unión conyugal (matrimonio); mientras que los hogares con jefatura femenina, su principal origen, en la disolución de la relación conyugal sea por separación, divorcio o viudez. En otras palabras, la mujer asume la responsabilidad de organizar su entorno familiar como algo inevitable.

Por fortuna, esta tendencia está cambiando. Hasta el 2010, la mayoría de los hogares con jefatura femenina tuvo como origen la viudez. Sin embargo, para el 2015 y 2020, se observa un descenso de jefas de hogar bajo esta condición y en contraposición, aumentaron significativamente aquellos hogares, producto de la separación o disolución conyugal y en tercer término el divorcio legal.

Ahora bien, es preciso señalar que es notable la diferencia en la composición de los hogares encabezados por un hombre y aquellos encabezados por una mujer. En el primer caso, la mayor proporción se concentra en las parejas con hijos; mientras que en los hogares con mujeres al frente, proporcionalmente son mayores aquellos integrados por más parientes, es decir, hogares extendidos a tres generaciones (nietos o padres de la jefa de familia), como una estrategia que adoptan para la supervivencia. En el caso de mujeres existe una serie de ingresos no laborales como: pensión, programas sociales, remesas, así como las aportaciones de los hijos e hijas y otros parientes, que de alguna manera compensan el menor ingreso producto del trabajo, además, claro está, del apoyo familiar y social necesario para continuar trabajando.

Otro dato relevante es que la conformación de los hogares encabezados por mujeres se presenta en mayor proporción cuando ésta tiene 40 o más años de edad, lo que, sin duda, llama la atención la atención por la vulnerabilidad que esto presenta, ya que son pocas mujeres que cuentan con una pensión al final de su vida laboral, y en los casos de que esto ocurra, hay que considerar que la mayoría de las mujeres ingresa al mercado laboral después de los 30 años, y pensar en cumplir el tiempo de jubilación, implica que deberá trabajar al menos hasta la edad de 60 años o más.

Lo descrito anteriormente contrasta con la forma tradicional bajo la que se diseña una vivienda, más las denominadas “de interés social”, que se proyectan para una familia desde la perspectiva del hombre, aquella que da como consecuencia una distribución tipo de las habitaciones, la relación de la cocina con áreas de estar como el comedor o la sala, en donde no se dice, pero un supuesto implícito es que el papel de la mujer esta relegado a la cocina y al cuidado del hogar. La vivienda resulta no solo irreal, ya que, según el INEGI, esa “familia tipo” compuesta por una pareja y sus hijos, representa no más del 25% de las familias actuales; sino que desde una perspectiva económica implica que sus habitantes, al adquirir una vivienda, tengan que invertir dinero en adecuarla a sus necesidades y formas de vida.

Nos queda mucho por hacer al respecto de lograr una verdadera correspondencia entre la vivienda y las familias, sean éstas bajo la jefatura de un hombre o de una mujer. Se requiere urgentemente eliminar ese concepto de “usuario” para reivindicar el de “habitante” y coadyuvar de esta forma a su mejorar en la calidad de vida.