La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo ha sido, durante generaciones, mucho más que una institución educativa. Es parte de la historia de Michoacán; una casa que ha formado profesionistas, investigadores, pensadores y mujeres y hombres que han dejado huella dentro y fuera del estado.

Por eso, lo que ocurre hoy dentro de sus muros no puede observarse únicamente como un conflicto más de la vida universitaria.

En los últimos meses, el ruido alrededor de la máxima casa de estudios de Michoacán ha ido creciendo. Y nuevamente, la tensión se hizo visible con la toma de una facultad y de la avenida Tata Vasco, derivada —de acuerdo con las expresiones de los estudiantes— de inconformidades relacionadas con la falta de clases, cambios de docentes y una nueva destitución en la dirección de la Facultad de Derecho.

Más allá de las posiciones encontradas y de las razones que cada grupo pueda tener, hay una pregunta que inevitablemente comienza a colocarse sobre la mesa:

¿La Universidad Michoacana está transitando hacia una sucesión sana o hacia una permanencia acordada?

El tiempo corre y, con él, también crecen las especulaciones sobre quiénes podrían aspirar a ocupar la Rectoría.

Que existan perfiles, aspiraciones y proyectos para conducir a la Universidad no tendría por qué ser negativo. Una institución plural necesita discusión, participación y distintas visiones sobre su futuro.

El problema comienza cuando la sucesión se convierte en el eje alrededor del cual parece girar la vida universitaria.

Porque una cosa es la legítima discusión sobre quién debe conducir los destinos de la Universidad y otra muy distinta es que la disputa por el futuro de la Rectoría termine condicionando el presente de quienes hoy deberían estar en las aulas.

La Universidad no puede convertirse en rehén de su propia sucesión.

Y aquí hay algo que no deberíamos perder de vista: la prioridad institucional tiene nombre y rostro. Son las y los estudiantes.

Ellos no deberían ser moneda de cambio, instrumento de presión ni espectadores involuntarios de una disputa política o académica.

Su derecho a recibir clases, contar con docentes, tener certeza sobre sus procesos académicos y concluir oportunamente su formación debe estar por encima de cualquier cálculo sucesorio.

La Universidad Michoacana necesita que sus diferencias se procesen en las instituciones y mediante los mecanismos que la propia comunidad universitaria ha construido.

Necesita diálogo, pero también reglas claras.
Necesita debate, pero también responsabilidad.
Necesita participación, pero sin perder de vista su razón de ser.

Y, sobre todo, necesita mesura.

Una sucesión saludable no debería construirse desde el ruido, la confrontación permanente o la utilización de los problemas universitarios como combustible para intereses particulares.

Tampoco debería resolverse desde acuerdos que hagan sentir a una parte de la comunidad que el destino de la institución ya está decidido antes de que concluya el proceso correspondiente.

La legitimidad de quien llegue a la Rectoría dependerá no solamente de quién ocupe el cargo, sino también de la confianza con la que llegue a él.

Por eso, quizá el reto más importante no sea solamente definir quién conducirá a la Universidad Michoacana, sino cómo se llegará a esa definición.

Porque una sucesión institucional requiere transparencia, respeto a la autonomía universitaria, capacidad de diálogo y, sobre todo, una visión que coloque por encima de los intereses personales el proyecto de Universidad que necesita Michoacán.

La pregunta no debería ser solamente quién quiere la Rectoría.

La pregunta de fondo tendría que ser:

¿Qué Universidad queremos construir y quién tiene la capacidad de conducirla sin ponerla en medio de sus propias disputas?

La casa de estudios necesita recuperar el centro de la conversación: sus estudiantes, sus docentes, sus investigadores, sus trabajadores y los grandes retos académicos que enfrenta.

El debate sobre la sucesión llegará, inevitablemente, a su momento.

Pero mientras ese momento llega, la Universidad tiene que seguir funcionando.

Porque una institución tan importante como la Michoacana no puede permitirse que el futuro de la Rectoría termine hipotecando su presente.

Una sucesión sana no se mide solamente por quién llega, sino por la fortaleza institucional con la que la Universidad llega a ese momento.

Porque al final, la Rectoría es temporal; la Universidad permanece.

Y lo que está en juego no es un cargo, sino el rumbo de una institución que pertenece a varias generaciones de michoacanas y michoacanos.

Por eso, que la sucesión sea producto del diálogo, la legalidad, la pluralidad y la mesura no debería ser una aspiración: debería ser una responsabilidad.

La Universidad Michoacana merece llegar a ese momento fortalecida, no dividida; con sus estudiantes en las aulas y con su comunidad mirando hacia el futuro.

Porque la sucesión pasa. La Universidad permanece.