En política, las alianzas se construyen con coincidencias, pero también se ponen a prueba cuando los intereses comienzan a competir con el proyecto.

La coyuntura actual de las izquierdas en México abre una pregunta que vale la pena poner sobre la mesa: ¿estamos frente a una diferencia de fondo o ante una disputa por espacios y posiciones?

En días recientes, la falta de madurez y de oficio político parece asomarse cuando la necesidad de preservar espacios comienza a mezclarse con la ambición por ampliarlos. Y precisamente por eso vale la pena hacer una pausa: porque en política las diferencias son naturales, pero convertirlas en fracturas puede tener consecuencias que van mucho más allá de una negociación interna.

El Partido del Trabajo ha sido históricamente un aliado de las izquierdas. Primero acompañó al PRD y, posteriormente, encontró en Morena una coincidencia política que le permitió mantener presencia, representación y capacidad de negociación.

La historia de estas alianzas no puede borrarse. Tampoco puede ignorarse que han sido relaciones de beneficio mutuo: los partidos suman votos, representación y capacidad territorial; los proyectos, a su vez, necesitan de esa suma para convertirse en mayorías.

Y ahí está precisamente la discusión.

Si durante años el PT ha encontrado en las alianzas con las izquierdas una vía para conservar y ampliar su representación política, cabe preguntarse qué está cambiando hoy.

¿Estamos ante una diferencia ideológica?
¿Ante una discrepancia sobre el rumbo del proyecto?
¿O ante una disputa por espacios que corre el riesgo de convertirse en una división del voto de izquierda?

La pregunta no es menor.

Porque México atraviesa una etapa en la que los partidos deberían estar pensando en cómo fortalecer proyectos que respondan a los grandes desafíos nacionales: seguridad, desarrollo económico, infraestructura, bienestar, educación, salud y generación de oportunidades.

No se trata de negar las diferencias. Se trata de entender que la pluralidad no es el problema; el problema aparece cuando la diferencia deja de servir para enriquecer el proyecto y comienza a utilizarse para debilitarlo.

La reciente definición de las coordinaciones en las entidades también deja una lección: los procesos políticos requieren reglas, metodología, mediciones y, sobre todo, capacidad para aceptar resultados.

Ya se han completado las definiciones de coordinación en los 17 estados y comienza una etapa todavía más importante: sumar, integrar y construir territorio.

Porque una coordinación no puede ser el punto final de una disputa interna. Debe ser el punto de partida de un trabajo mucho más amplio.

El reto ahora es sumar voluntades, recuperar confianza, integrar a quienes participaron en los procesos y construir una estructura capaz de competir electoralmente sin perder de vista para quién se hace política.

Y aquí hay algo fundamental: la unidad no significa subordinación.

Tampoco significa que todos tengan que pensar igual.

Unidad significa capacidad para dialogar, reconocer diferencias, procesarlas y encontrar coincidencias alrededor de objetivos superiores.

Por eso sería deseable una reconsideración de aquellas posiciones que puedan poner en riesgo la suma de las izquierdas por diferencias que terminen siendo más personales que políticas.

Porque los votos no pertenecen a ningún partido.

Los votos los deposita la ciudadanía.

Y la ciudadanía observa.

Observa quién tiene capacidad para construir acuerdos, quién sabe reconocer una definición aunque no le favorezca y quién es capaz de anteponer un proyecto colectivo a una posición individual.

En política, ganar una posición no necesariamente significa ganar una causa.

A veces, defender un espacio puede terminar costando algo mucho más importante: la posibilidad de construir una mayoría.

El PT ha sido beneficiario y protagonista de las alianzas históricas de la izquierda. Ha tenido representación legislativa, presencia territorial y espacios de decisión precisamente porque ha sabido caminar acompañado.

Por eso la pregunta de hoy no busca descalificar a nadie.

Busca provocar una reflexión:

Si la suma ha permitido crecer, representar y gobernar, ¿por qué ahora tendría que pesar más el interés particular que la construcción del proyecto común?

El país necesita resultados, no divisiones.

Necesita partidos capaces de mirar más allá de la próxima negociación y entender que los grandes proyectos políticos se construyen con generosidad, disciplina y visión de largo plazo.

También necesita que quienes participan en estos procesos entiendan que la política no puede reducirse a la distribución de posiciones.

Hay algo más importante: qué se hace con esas posiciones y cómo se traducen en resultados para la gente.

La etapa que comienza exige madurez.

Exige oficio político.

Exige capacidad para sumar incluso cuando existen diferencias.

Porque si algo ha demostrado la historia reciente de las izquierdas es que cuando se dividen, el costo no necesariamente lo pagan las dirigencias: lo termina pagando el proyecto y, eventualmente, la ciudadanía que espera respuestas.

Por eso, antes de convertir una diferencia en ruptura, vale la pena volver a la esencia.

¿Qué nos une?

¿Qué queremos construir?

¿Qué problemas queremos resolver?

¿Y qué estamos dispuestos a ceder para que una causa colectiva sea más grande que cualquier interés particular?

La respuesta definirá mucho más que una negociación política.

Definirá la capacidad de las izquierdas para llegar unidas a los próximos desafíos electorales y, sobre todo, para demostrar que las alianzas no son solamente acuerdos de supervivencia política, sino instrumentos para construir proyectos capaces de transformar la realidad.

Porque al final, la política no se trata solamente de quién ocupa un espacio.

Se trata de qué hacemos con él.

Y quizá esa sea la pregunta que hoy deberían hacerse todas las fuerzas de izquierda:

¿Estamos defendiendo un proyecto o estamos defendiendo una posición?

México necesita una izquierda que sepa sumar.

Y hoy, más que nunca, el reto está en entender que la unidad no se proclama: se construye. En territorio, con resultados y con la capacidad de poner el proyecto por encima de cualquier interés personal.