El volcán Parhíkutin, a 74 años del nacimiento

Allá por el año de 1943 algo grande se anunciaba para los habitantes de Parangaricutiro; las torres rígidas y solemnes, los característicos sonidos de sus campanas, la rutilante aurora, los sonidos vagabundos del viento que recorren los barrancos, que retozan las praderas, que suben por los montes hasta llegar a todos lados, los pinos heridos por los garfios del sol naciente, el canto del jilguero, la naturaleza toda, hablaba según su idioma de algo desconocido hasta entonces en sus dominios, de un monstruo ardiente que despertaba de su letargo después de haber guardado silencio durante milenios de años, hasta que el 7 de febrero de 1943 se anunció con repetidos temblores.

En esa época el presidente municipal de Parangaricutiro, Felipe Cuara Amezcua, acude en demanda de auxilio a las autoridades de Uruapan, enviando al mismo tiempo un telegrama urgente, fechado el 18 de febrero de 1943, al presidente de la República: “Han seguido temblores esta región carácter trepidatorio, contándose varias oscilaciones durante día y noche. Suplicamos mande ingeniero geólogo investigue sismos. Suponemos hundimiento”.

En su libro “Agonía y éxtasis de un pueblo” del presbítero David Zavala Alfaro, señala que dos días después, en una tarde crepuscular, en el llano de Cuyútziro (Aguililla), en una pequeña joya cercana al poblado de Parhíkutini, Dionisio Pulido, hombre forjado en las duras tareas del campo, pruhépecha bronceado por el viento y el sol, contempla no sin asombro, que algo tibio latía bajo sus plantas; quiere taparle los ojos al monstruo, todo es inútil, el nuevo huésped bosteza desde su averno y su aliento fétido hace que el campesino hable a su conciencia; no pasa mucho tiempo sin que se escuche la respuesta: a manera de cientos de ramas que se quiebran mezclados con un sordo quejido, se levanta el dragón; sin comprender lo que sucede, presuroso se dirige a su pueblo Parhíkutin, distante unos tres kilómetros.

Lo que nace, abre sus ojos al nuevo mundo, contempla el paisaje y envidioso, se levanta retando al ocaso empurpurado. Se revuelve en su lecho, se llena de coraje, acomete contra la naturaleza, primero con bocanadas de humo, luego a manera de trueno, de relámpago, de cientos de cañones en tiempo de batalla, lanza su luz, su fuego, opacando así la claridad del día.

El artífice, el cohetero, sin ser día de San Juan, la fiesta del pueblo, nos obsequia un castillo de mil colores, que se viste por segundos, siendo cada bocanada distinta a la anterior.

Es así como nace un volcán, bautizado como Parhíkutin por estar en las inmediaciones del poblado del mismo nombre, a dos mil 380 metros sobre el nivel del mar; con una altitud final de dos mil 808 metros.

Las rocas, las fumarolas coqueteaban en los altos cielos; hermosa realidad nunca vista. El monstruo cada vez más, abre su boca agigantándose cada minuto, a cada segundo.

El pavor cunde entre los lugareños de Parangaricutiro, pues es tal la intensidad de los sismos; geólogos y topógrafos de la capital, científicos de las diversas partes del mundo están presentes en el que es un espectáculo único; es un ir y venir de gente, desde el más sabio hasta el más ignorante en la imagen que se presenta a la vista de todos.

Un nuevo oficio, un nuevo arte ha nacido en inmediaciones del pueblo de San Juan Parangaricutiro; una fragua que exhala humo negro, ceniza, arena, fuego y cientos de toneladas de piedras, que se transforman en múltiples colores antes de volver a la madre tierra de donde segundo antes habían sido arrojados.

La noche es día para los habitantes de Parangaricutiro, y el amancer del día 21 de febrero, los encuentra en acuerdos: “Que se debe salir inmediatamente, no importa el lugar”. Se toman diversas medidas: unos se resguardan en poblados vecinos, la mayoría permanece en el lugar.

El monstruo ardiente no da tregua, sigue enfurecido contra todo y contra todos; el peligro aumenta. Definitivamente habrá que salir de ahí.

La caravana, triste, con lágrimas en los ojos, abandona Parangaricutiro rumbo a Angahuan. Los ancianos contemplan al monstruo, a su templo, a sus chozas y se preuntan ¿qué se ha hecho para que suceda esto?, ¿por qué la plaga de ceniza, de arena, de piedras a granel que se funden, que abrazan en llamarada a todo lo que encuentra a su paso?, jornada agónica para los sanjuanenses fuera de su pueblo, y al día siguiente, retornan al lugar añorado, de ensueño.

Parece ya no haber más lágrimas en los hombres, en las mujeres, en los inocentes niños; se contempla al que no deja de vomitar allá a lo lejos, donde una nueva maravilla del mundo se dio a conocer desde el 20 de febrero de 1943.

El cono volcánico crece rápidamente, su cresta se levanta ya a 25 metros, y pasado un mes, llegará a los 220.

El General Don Lázaro Cárdenas del Río y el gobernador de Michoacán Félix Ireta Viveros, prestan todo tipo de apoyo al pueblo en desgracia, recomendando que se debe evacuar de inmediato.

Para abril se presenta la lava, y el poblado de Parhíkutin, dice adiós a su paraíso, que ha quedado sepultado para siempre; una lápida negra lo cubre todo; Parangaricutiro se resiste a salir y hay ofrecimientos de los poblados vecinos para hospedarlos, para formar con ellos un solo pueblo, a varis comunidades se han ido ya algunos. Zacán, Peribán, Corupo, Charapan, Paracho y Uruapan, entre otros.

La lava sigue su camino a 25 metros por hora; todo lo lleva consigo, todo lo funde, todo lo penetra, todo los hace suyo.

Para el mes de octubre, el volcán amenaza con siete bocas, que extraen de sus entrañas lo que es destrucción y muerte. No pasa mucho tiempo sin que queden cegadas, excepto una, que dará origen al montículo llamado “Sapichu” (pequeño), que alcanzó en un mes 33 metros de altura.

Las autoridades ordenan que los habitantes de San Juan deben salir dek peligro inminente que ya está en las orillas del pueblo y así fue que el 10 de mayo de 1944, toda la gente de San Juan Parangaricutiro, transpone los umbrales de sus puertas para iniciar una nueva vida, un nuevo pueblo, un nuevo amanecer incierto. Entre el llanto del pueblo, confundido con los rugidos de la fiera nrojiza, se pierden en el mar muerto de piedra calcinada, lamentos de tristeza.

Sin embargo, el sacerdote Rafael Mendoza Valentín, en su publicación titulada “El pueblo que se negó a morir”, señala que la salida de los habitantes fue el 9 de mayo de 1944. No hay alternativa, la lava del volcán comienza a invadir el pueblo; la gente ya tiene que salir.

Inicia el éxodo, toca a los curas Salvador Martínez Silva y Ezequiel Montaño, iniciar el camino hacia Angahuan, llevando de la iglesia la imagen del Señor de los Milagros; por la tarde fueron recibidos por sus vecinos y los hospedaron en la iglesia de Santo Santiago, el patrono del pueblo.

Pero Davod Zavala Alfaro es más explícito cuando narra la hora de partida de los pobladores de su lugar de origen. El dolor, la agonía, el llanto reprimido en los caso dos mil habitantes de San Juan Parangaricutiro, ya no se puede soportar, se desahoga; las lágrimas, los quejidos lastimeros en su rostros purhépecha, cincelados con mármol de luna y bronceados con los rayos del sol, salpican aquellos cuatro kilómetros que los separan de su primera jornada, Angahuan.

Caminan lentamente y a lo lejos va quedando como testimonio de lo acontecido, el templo con sus tres naves estilo renacimiento, como testigo de aquel cementerio negro y calvario de un pueblo; paradoja única: truenos y luces maravillosas en el volcán, mientras que en los habitantes: silencio sepulcral, tinieblas y tristeza. Una última despedida, una última vista a aquellas tierras fecundas en maíz y frijol, peras, durazno y manzana; a sus bosques ricos en resina, carbón y tejamanil, medios todos de subsistencia por muchos años para sus padres y abuelos y que ahora, han pasado a formar una sola vida con el volcán, con la lava que los abraza.

Investigaciones revelan que San Juan Parangaricutiro fue fundado en el año de 1540 por Fray Juan de San Miguel, en honor a San Juan Bautista, distinguiéndose en las duras tareas de construcción hombres conocidos por los apellidos Iricua, Mincítar y otros.

Un antiguo manuscrito es el “Pindekuero”, el cual se conserva como un gran tesoro y que constituye una especie de archivo que narra las costumbres y algunos de los sucesos especiales de la historia antigua de San Juan, y que está en poder de gentes responsables y conocedoras del valor que como joya literal, valor étnico e historial, representa.

San Juan de las Colchas, segundo nombre con que se le llamó al pueblo, como reconocimiento y fama que adquirieron las colchas elaboradas por los nativos y que sirvieron como testimonio del arte y la cultura que poseían.

El nombre oficial es el de San Juan Parangaricutiro, del purhépecha que significa “canoa de agua incrustada en un paredón”, en virtud de que en una fresca barranca, estaba un manantial de aguas purísimas que se filtraban de un paredón a manera de arco iris por la variedad de gotas de cristal, caían en una especie de canoa artificialmente tallada en tepetate.

El antiguo San Juan estaba formado por cinco barrios: San mateo, San Miguel, San Francisco, Santiago y La Asunción.

Y bueno, la noche en Angahuan fue una noche triste pero había que continuar el viaje, al día siguiente once de mayo, Uruapan era la segunda jornada de 33 kilómetros; a la llegada, son aclamados por los habitantes de Uruapan que les hace guardia. El templo de San Francisco los alberga.

El 12 de mayo de 1944, luego de una misa, se reinicia la marcha hacia el destino anhelado, hacia el nuevo amanecer. No hay tiempo que perder, se debe continuar el camino, el lugar elegido es el llano de Los Conejos, una vieja ex hacienda a 10 kilómetros al poniente de Uruapan.

La marcha es lenta, de cuando en cuando los ancianos descansan bajo la sombra de enormes pinares; algunos platicas sobre el ocaso amargo de sus vidas a causa del volcán; los jóvenes continúan con la frente en alto, retando a su vez al coloso que los arrojó a lugares desconocidos; los niños juegan, corren y gritan ignorantes de la agonía del pueblo de sus padres. Para todos, es un pasado muerto, pero al mismo tiempo hermoso al contarlo, pero que los hace flaquear por momentos.

Finalmente llegan a Ahuanítzaro (agua de conejo), un vallecito donde nace el agua y que por muchos años los albergará, entre unos viejos fresnos. Este es el final del camino, aquí termina la peregrinación.

El padre Ezequiel Montaño habla frente al grupo de personas: “Estimados hijos, no contamos con nada, ni dinero, ni propiedades, ni casa para albergarnos de las inclemencias y ya las lluvias están próximas, debemos emprender una labor desde los cimientos, vayamos al trabajo empuñando el azadón, el pico, el martillo, habrá que empezar de inmediato”.

Por otro lado, el gobierno no los ha dejado solos, los apoya, acarrea sus trojes, les da casas de campaña y al pendiente. Las personas se lanzan a la creación de un pueblo.

Ese mismo 12 de mayo se trazan las calles, la plaza, el templo; el pueblo se levanta, resucita lentamente pero con paso firmes, a costa de sudores, lágrimas, sacrificios, renuncias, privaciones. El canto del agua, del jilguero, de las jovencitas con su atuendo tradicional que sirven el churipo y curundas al pueblo trabajador.

La comunidad marcha hacia adelante, hacia la superación, obtiene el rango de municipio el 18 de agosto de 1950, por gestiones del que fue el primer presidente municipal, Sebastián Anguiano Chávez que duró en el cargo del 18 de agosto al 31 de diciembre de 1950. Antes fue tenencia de Uruapan. Tuvo 7 jefes de tenencia, el primero fue Luis Anguiano Guerrero; van 29 alcaldes.
RED 113/Lamberto HERNÁNDEZ MÉNDEZ

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