EL DERECHO A LA CIUDAD

Centros Comerciales, más que lugares de consumo/ Salvador García Espinosa

Hasta mediados del siglo pasado, era incuestionable el carácter comercial del centro urbano, en prácticamente todas las ciudades, acudir al centro para la compra de artículos era inevitable, se tenia que acudir al centro, pues era el único sitio donde se concentraban los mercados que hacían posible el abasto y más aún cuando se trataba de productos más especializados, como ropa de vestir, materiales para algún trabajo, refacciones, etcétera, la centralidad comercial resultaba incuestionable.

Conforme se dio la extensión de la mancha urbana, fue disminuyendo la mezcla de usos de suelo, pues en los barrios del centro, era común que se tuvieran establecimientos comerciales, servicios, equipamientos y viviendas en el mismo barrio e incluso en el mismo inmueble. A finales de la primera mitad del siglo XX, las colonias y fraccionamientos eran básicamente habitacionales y, con ello, se incrementó notablemente la necesidad de acudir al centro urbano para poder satisfacer las necesidades de los habitantes de estas lejanas colonias.

Surge entonces la necesidad de satisfacer las necesidades de consumo, sin tener que acudir cotidianamente hasta el centro urbano y fue así, que surgieron las primeras concentraciones de espacios comerciales y que conforme la ciudad creció, aumentó el número de consumidores cautivo a los que prácticamente era imposible acudir cotidianamente al centro, lo que sin duda incentivó el crecimiento de estas áreas comerciales, hasta lo que hoy conocemos como centros comerciales.

Los primeros centros comerciales, se caracterizaban por concentrar, tiendas para el abasto de artículos precederos o básicos, con tiendas departamentales de artículos exclusivos y algunos establecimientos de esparcimiento como cines. Y una de sus principales características arquitectónicas, era que constituían recintos prácticamente cerrados a los que se accedía por varias puertas. En la actualidad los centros comerciales, constituyen una recreación del espacio público, pero en un ámbito privado; las puertas son casi inexistentes, a fin de que el publico ingrese con menor compromiso y hacer posible una transición entre lo publico y lo privado casi imperceptible para el usuario.

En el ámbito comercial, si bien, aun existen las grandes tiendas departamentales conocidas como “tienda ancla”, se han incorporado pequeños establecimientos, tiendas de ropa, calzado, e incluso tiendas que ofertan una serie de accesorios de menor valor y por lo tanto de consumo más frecuente y cotidiano, como revistas, nieves, dulces, boletos de lotería, etc. Se incluyeron restaurantes, cafés, expendios de comida rápida, se complementó el esparcimiento ya no sólo en instalaciones de cines, sino en juegos, videojuegos, carritos en renta o trenecito, se tienen servicios como gimnasios, consultorios estéticos, salones de belleza e incluso capillas religiosas.

Este cambio en el giro de los establecimientos, no es casual, hoy en día, después de los lugares de trabajo y escuelas, los centros comerciales son los principales sitios de convivencia social. Los habitantes de una ciudad acuden al centro comercial, en busca del “encuentro social”, para convivir con amigos y familiares, para conocer gente, para noviar, para pasar el tiempo, pero siempre bajo la condicionante del consumo. Esta relación consumo-socialización, donde ir al café, al cine, al bar, a cualquier lugar implica un gasto, es lo que hace tan rentable a los complejos comerciales, pues desde que se ingresa al estacionamiento hay que pagar.

Usted, amable lector, podría pensar que es opcional el acudir a un centro comercial, pues existe la opción de acudir al centro histórico. Recordemos que antes del rescate del centro histórico de Morelia, las plazas eran ocupadas por verdaderos restaurantes semifijos, juegos de feria, payasos y un sinnúmero de atracciones para las miles de personas que acudían cada fin de semana en busca de esparcimiento. Sin embargo, lo relevante del caso, es que en la medida de que el centro urbano deja de ser ese lugar de encuentro, obligado o voluntario, los centros comercial, se consolidan y constituyen un indicador significativo del modelo de ciudad, que como sociedad estamos conformado.

Los centros comerciales son claras las evidencias de que conforme el binomio consumo-socialización se fortalece, las posibilidades de convivencia del encuentro social en sentido vertical se debilitan, en aras de buscar la convivencia entre iguales, es decir con gente que corresponde a un mismo nivel socieconómico. En términos generales, un individuo de un sector económico favorecido, acude a un colegio particular, donde seguramente sus compañeros tienen una muy similar posición socioeconómica, incluso frecuentarán los mismos sitios de esparcimiento, el mismo club deportivo, bar o antro, tiendas, restaurantes, centro comercial e incluso una determinada sala de cine; todo en función de los recursos económicos disponibles. En otros segmentos socioeconómicos ocurre exactamente lo mismo, se seleccionan escuelas, gimnasios, tiendas, restaurantes, etcétera, siempre de acuerdo a los recursos económicos disponibles, sean estos abundantes o escasos.

Esta vinculación horizontal, entre iguales, trae como consecuencia una pérdida del capital social, entendiendo como tal, la sociabilidad que es capaz de generar un determinado grupo humano y gracias al cual, son posibles aspectos que permiten la colaboración. En otras palabras, el capital social está formado por las redes sociales (las verdaderas, no facebook, instagram, whatsapp, etc), es decir, las relaciones que un individuo establece con otros y que hacen posible la confianza mutua y la solidaridad. Una muestra evidente de cómo actúa este capital social, es sin duda, el actuar de la sociedad en su conjunto, ante los sismos acontecidos en la Ciudad de México.

Convivir pues, entre iguales, debilita el capital de una sociedad, a grado tal, que puede acontecer una desgracia, un desastre natural o cualquier evento en la misma ciudad que habitamos, pero por afectar a los otros, nos es ajena e inclusive indiferente, lo que sin duda equivale a una fractura de lo que comúnmente conocemos como sociedad, para conformar sociedades distintas e incluso ajenas, que “cohabitan” un mismo territorio. Así que, como sociedad, tenemos el reto de revertir la asociación que estamos heredando a las nuevas generaciones, en términos de que el consumo es la vía para socializar; debemos fomentar que a través del encuentro, generen verdaderas redes sociales que les permitan no solo ser mejores individuos, sino contribuir a una mejor sociedad. salgaes1@gmail.com