#Columna: Tropicalísimo “Que levante la mano el que quiere un vino en cartón…”

Morelia, Mich. 30 de abril de 2017.- “La música underground de una generación es la música pop de la siguiente”, señala el personaje de Tony Wilson en la película 24 Hour Party People (Michael Winterbottom, 2002). Dicha frase nos pone a elucubrar sobre un ejemplo muy reciente que da razón a misma: la cumbia.

La cumbia es un ritmo que nace en Colombia, en sus costas del Atlántico. Se dice que el origen tiene que ver con los rituales y fiestas de los esclavos africanos en esas tierras durante la época colonial, con influencia de la música española.

La cantante colombiana Margarita, “La Diosa de la Cumbia”, regularmente en sus conciertos menciona que la cumbia se baila arrastrando los pies de un lado hacia el otro meneando la cadera, debido a que los esclavos durante sus festividades tenían grilletes en los tobillos, por lo que no les era posible realizar otros movimientos al ritmo del cumbé. Así, estos pasos se fueron heredando hasta la actualidad.

Hasta aquí, tenemos un tipo de música y baile con orígenes netamente en los estratos más bajos de la sociedad, que se han mantenido durante muchos años, quizá hasta los años 40 del siglo XX, cuando gracias a la disquera colombiana Fuentes, el ritmo se popularizó, llegando a distintas zonas del orbe, causando furor en México principalmente.

En lo posterior, dicha fama se fue perdiendo, aunque el gusto por la misma se mantuvo siempre gracias a la fidelidad que sus devotos le han profesado generación tras generación en las regiones populares y acaso marginales de nuestro país, en la oscuridad, en el underground, de manera especial en las grandes urbes como la Ciudad de México, Monterrey o Guadalajara (aunque también en el Estado de México, Puebla, Tlaxcala y Querétaro, regiones cumbiamberas por excelencia).

Pensemos tan sólo en aquellas ocasiones en que nos han preguntado: ¿Cuál es tu gusto musical culposo? Fácilmente muchos llegaron a referir que algún tema de cumbia (hagan memoria).

Y es que la cumbia hasta hace poco, como señalamos, era considerada música de barrios marginales y fiestas populares.  Al menos en México fue tachada como música de “microbuseros”.

Este tipo de alusiones como sinónimo de mal gusto y causa de vergüenza parecen haberse transformado, debido a ese extraño fenómeno que llamamos “moda” y que traspasa clases sociales y barreras de prejuicios.

No hay un solo tipo de cumbia sino que el ritmo al masificar su audiencia sin dejar las clases populares tomó diversos rumbos:

Cumbia peruana o “Chicha”, como gusten llamarle; cumbia sonidera (Dinastía Pedraza en México); cumbia texana, cumbia villera (de origen argentino principalmente).

Cada una tiene características que las diferencian, tales como las temáticas en sus letras, instrumentación, las formas de bailarlo y obviamente las nacionalidades, pero sin duda el sonido varía de estilo a estilo sin perder el pulso tradicional de la cumbia colombiana en su base.

Así pues, la cumbia recientemente se ha transformado en sinónimo de “música bien”, modificando sus intérpretes y llegando a los oídos de audiencias inverosímiles.

Un ejemplo: en el año 2007, un amigo argentino (bonaerense en específico), me preguntó por qué escuchaba cumbia villera “si esa es música de negros” (aclaro que lo dijo en tono despectivo. En Argentina se les llama negros a los inmigrantes y a las personas de barrios periféricos con posibilidades económicas limitadas).

Hoy, en la Argentina esa barrera con la música de las clases populares ha caído. Agrupaciones como Agapornis o Rombai no surgieron específicamente de un “Fuerte Apache” o similares sino de clubes sociales y colegios privados.

En sus canciones tocan temas románticos y de corte festivo, presentados en videos promocionales (pueden comprobarlo en Youtube, queridos lectores) que muestran a los integrantes en mansiones, clubes nocturnos y yates sobre el mar donde todos “la pasan muy bien” y se enamoran al más puro estilo de las “Boy Bands”.

El contraste con el “que calor, oh eh oh, que calor que tengo yo, que levanten las manos como yo el que quiere un vino en cartón” (Pibes Chorros, de la Argentina) es bastante más que amplia, ya que el vino en cartón es económico, de la clase popular y nos señala parte de la herencia tradicional de la cumbia: fiesta, vino o aguardiente para las festividades y el dolor sentimental (como el bebido por los antiguos esclavos en las costas colombianas), en sí, “negra, ron y velas”, como dice la cumbia ancestral. Hoy los Pibes chorros o Damas gratis son parte del gusto en masa de diversos estratos sociales.

En México, nuestro caso más cercano lo tenemos con Los Ángeles Azules. Agrupación, como tantas otras, nacida en el barrio de San Lucas (región de Iztapalapa). Estos músicos tuvieron que esperar más de veinte años para codearse con las grandes estrellas que el mainstream nos indica, tales como Pepe Aguilar, Yuri, Ximena Sariñana entre otros tantos, y presentarse en los escenarios más importantes de nuestro país y de otras latitudes, más allá de las fiestas de XV años y bautizos, que es donde comenzaron.

Y en efecto, en alusión a lo dicho por Tony Wilson en 24 Hour Party People: la música underground, esa que nadie escucha y que muchos desdeñan próximamente será la música que bajarás de iTunes y con la que tratarás de “quedar bien” en tus fiestas.

Para cerrar con la cumbia, quizá la barrera social se terminó de romper hace algunos años y le permitió la etiqueta de Pop, con la reedición que Los Fabulosos Cadillacs hicieron de su tema Padre Nuestro (2008), colaborando con Pablo Lescano (ícono de la cumbia villera argentina), llevando el ritmo a toda Latinoamérica. Por cierto, los Cadillacs también fueron underground. El General y su reggaetón de igual forma. Y hoy todos quieren ser Maluma.

Columna a cargo de Arturo Arteaga, apasionado de la música y del fútbol.

Contacto: arts.art8509@gmail.com

Arturo Arteaga/RED 113 MICHOACÁN

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